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SOBRE EL “TIME OUT” o LA “SILLA DE PENSAR”

La “sillita de pensar” no es algo que usemos en Disciplina Positiva porque es una práctica conductual que desde nuestra filosofía no enseña habilidades a largo plazo, es decir para la vida.
Dicen algunos libros y consejeros de crianza, que lo adecuado es sentar al niño en un lugar aburrido y solitario -en una relación de un minuto por años que tenga- con la finalidad de que reflexione sobre lo que hizo mal. Pero resulta que las neurociencias nos dicen que un niño pequeño por sí mismo no tiene la capacidad de “reflexionar” sobre su conducta. Es decir que por su corta edad, no tiene la capacidad cognitiva de ser autocrítico respecto a su conducta, el medio y el cómo se supone que debe comportarse de forma adecuada en ese medio ambiente. Muchos padres están a favor del “time out” y piensan que funciona porque efectivamente los niños detienen su conducta (ojo algunos; otros la empeoran). Lo que sucede es que la detienen porque saben que si siguen “haciendo eso” se quedarán solos en un rincón y eso les provoca dolor o tristeza, entre otros sentimientos que los niños no saben procesar.
¿A quién le gustaría quedarse aislado en un rincón por “meter la pata” mientras se está aprendiendo sobre algo?
Imagina que llegas a un nuevo trabajo y que es la primera vez que te enfrentas a algo o que tu entrenamiento para hacerlo ha sido escaso o nulo. Tú le “echas ganas” y te avientas el trabajo según tus impulsos o ideas, pero la riegas porque efectivamente estás aprendiendo y eso lleva un tiempo como todo en la vida. Entonces llega tu jefe y al ver semejante panorama con cara de enojo y sin darte mucha explicación de por medio te manda a “reflexionar” sobre lo que hiciste a un rincón solitario y aburrido de la oficina.
¿Cómo te sentirías? ¿Volverías a hacer lo mismo de esa manera? Muchos optarán por no repetir esa conducta (habrán “aprendido su lección” es lo que se estila) y otros impulsados por el resentimiento optarán por buscarle la vuelta a su jefe para salirse con la suya o para vengarse por cómo los hizo sentir, porque da rabia que nos traten de forma irrespetuosa y eso es válido tanto en adultos como en niños.
Con esta práctica (time out) el niño detiene su comportamiento bajo una enseñanza de “causa-efecto”, pero en realidad no ha interiorizado a un nivel consciente, y de acuerdo a su nivel madurativo cerebral, que lo que hizo está mal o es inadecuado.
El mensaje que el niño percibe es: “Si hago algo que a mis padres o cuidadores no les parece, me dejan solo”.
Claro que hay que poner límites y enseñarles reglas y comportamientos adecuados -pues vivimos en sociedad y no podemos ir por la vida haciendo los que nos plazca sin medir consecuencias-, sin embargo, el ser humano cuando atraviesa la niñez se enfrenta a una etapa de adquisición de habilidades y aprendizajes y la tarea de los adultos a cargo debería ser ayudarlos en la adquisición de esas habilidades con el menor coste emocional posible.
Como dice Jane Nelsen: “Dejemos atrás la loca idea de que para hacer que los niños se porten mejor, primero debemos hacerlos sentir peor”.
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Sobre el “time out” o la “silla de pensar”


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