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El valor de lo cotidiano, Emmi Pikler.

Muchos/as conocen la labor de Emmi Pikler en Lóczy. Para aquellos que no, les sintetizo en qué consiste con el riesgo, claro, de simplificar demasiado sintiendo, eso sí, que esto es necesario para poder transmitir lo que quiero en este artículo.

Emmi Pikler, pediatra de familia, durante largo tiempo, se dedicó a observar el desarrollo de los niños de diversas edades y a confirmar algo de lo cual, mucho antes, observando el comportamiento de padres y madres en las playas, se había percatado: que los niños y las niñas que pueden moverse en libertad desarrollan su motricidad de forma más armónica, más equilibrada, sin bloqueos y de forma fluida.

Más tarde, en 1946, se le confió la dirección y la atención de la casa cuna de Budapest, conocida popularmente con el nombre de la calle en la cual se ubicaba: Lóczy. En este hogar para niños y niñas huérfanos o en régimen de acogida (madres y padres que, en ese momento, estaban pasando por una enfermedad o alguna circunstancia concreta que no les permitía cuidar de sus hijos) no solo puso en práctica lo que sus observaciones y su anterior trabajo ya le habían dado como bagaje personal, sino que revolucionó el cuidado institucional de los niños y las niñas en centros de estas características evitando, al máximo, que los niños a su cargo desarrollaron el síndrome de institucionalización.

Como si esto fuera poco, lo que se empezó a cocer en Lóczy empezó a ser conocido en diferentes lugares del mundo y forzó a que adultos se comenzaran a plantear la mirada que tenían en relación a la infancia y, más en concreto, a lo que se conoce con un nombre muy feo, la “protoinfancia” (0-3 años).

En Lóczy se desarrollaron las pautas y los principios para una insólita atención personal, como dirán Myriam David y Geneviève Appell (estudiosas de lo que acontece en Lóczy y autoras de varios escritos sobre el tema), poniendo al individuo (incluyendo al recién nacido) en el centro de esos cuidados, considerándolo capaz desde el primer momento y entendiendo que los adultos somos sus mejores aliados, siempre y cuando, no entorpezcamos el fluir cotidiano de los niños y de las niñas.

Curiosamente, en Cataluña, resulta muy conocida su labor en lo que respecta al desarrollo motor y hay muchos profesionales del ámbito educativo, psicológico y médico que incorporan sus principios y valores; pero, por un motivo u otro, son menos populares (o a mí me lo parece) lo que, según yo creo, es la madre del cordero: los cuidados cotidianos.

Advierto que esta opinión mía puede estar absolutamente sesgada, pero puede que también tiene una parte intuitiva confirmada por hechos contrastados. Siendo padres, madres, educadores o terapeutas nos parece que el desarrollo motor de los niños es un eje central que ha de acaparar nuestra atención y mirada puesto que será en esa “protoinfancia” (uf, que feo suena), cuando se den, un cúmulo de hitos espectaculares: el niño ya se sienta, el niño ya gatea, el niño ya camina, etc. Son preocupaciones que albergan el alma y el corazón de todos y que hacen suspirar, de forma lógica, a todos cuando estos emergen y se consolidan.

Otra gran preocupación es el desarrollo del lenguaje y todos festejamos e, incluso, sonreímos con los primeros gorjeos y palabras que vocaliza un bebé. También nos preocupa que duerma o no duerma o que se alimente bien y coma con gusto.

Por eso, cuando alguien dedica una mañana de su vida o varios días a un curso sobre desarrollo motor o desarrollo del lenguaje nos parece lógico, normal e incluso muy profesional. Pero, ¿a quien se le ocurre dedicarle una mañana de su vida o, incluso, varios días al cambio de pañal o al baño del bebé? Parece que hay que ser muy torpe o muy inepto para dedicarle este tiempo a algo que, después de unos cuantos cambios, tiene asumido el más común de los mortales. Al fin y al cabo, no es más que algo rutinario, cotidiano e, incluso, mecánico.

Pero ahí está el error y así nos lo demuestra Emmi Piker y todas las continuadoras de su labor (Anna Tardos, Judith Falk, etc). Y es que, precisamente, en la cotidianidad y en sus detalles está la esencia de algo mucho más importante: el desarrollo de la individualidad, el respeto y la atención compartida.

Cuando cambiamos un pañal o bañamos a un bebé debemos ir más allá de lo meramente asistencial para descubrir que, en esos momentos, el niño y nosotros estamos desarrollando una relación: una relación que puede estar basada en el poder y en la sumisión o en la cooperación y la empatía.

Atención, hago un parón en este largo discurso (yo pensaba que iba a ser más corto, lo juro) para advertir que no estoy hablando de lo que sucede en los hogares personales de cada uno (ya que, como dicen los piklerianos, las madres, los padres y sus hijos tienen múltiples ocasiones de encuentros individuales a lo largo del día y, por tanto, no hace falta ser tan rígido); sino más bien hablo de lo que ocurre en las instituciones en las cuales delegamos el cuidado de los niños y de las niñas ya que es allí donde hay más peligro de automatismos, de industrialización del cuidado y de disolución del individuo.

Resulta realmente increíble observar vídeos ejemplares de cuidado y atención de las criaturas en esos momentos tan íntimos donde ves una conexión absoluta entre el adulto y el niño, y donde el niño, siendo muy pequeño, da muestras de colaboración. Una se estremece al ver la inteligencia que desprenden los ojos de esas criaturas, la capacidad de comprensión de lo que está ocurriendo y lo cegada y equivocada que una estaba por tantos y tantos escritos leídos y escritos por intelectuales que nos hacen asumir que el bebé (incluído el recién nacido) son seres pasivos y perdidos en una dimensión absurda.

Hay quien considera exagerada la atención prestada en Lóczy e incluso que se les habla demasiado a niños muy pequeños y que, total, si no entienden lo que se les dice…¿Para qué perder tanto tiempo cambiando un pañal? Pues, la verdad, se sabe y se ha calculado que el tiempo de dedicación suele ser el mismo e, incluso, menor ya que una cosa es cambiar un pañal en contra del niño y otra, muy diferente, con el niño. Muchas veces, esos momentos se convierten en una lucha ya que esperamos que el niño se someta a nuestros movimientos, se acaba alargando más de lo deseable e, incluso, acabamos desquiciados (niños y adultos). En cambio, se ha comprobado que, si se coopera con ellos, se les integra, se les prepara un espacio adecuado, se les explica y se les pide, amablemente, a las criaturas que hagan aquello necesario para avanzar en el objetivo común, los niños y las niñas, poco a poco, responden, participan, se implican y acaban facilitando la labor del cuidador por pequeños que sean. ¿Increíble? Pues es cierto y, además, ¿Por qué no iba a serlo? ¿Acaso no nos mostramos todos más colaboradores cuando se nos explican las cosas y se nos tiene en cuenta? Pues, en eso, niños y adultos funcionamos igual.

Viendo esas imágenes, una se da cuenta entonces del valor de lo cotidiano y de que esa cotidianidad no se queda cristalizada en las primera infancia sino que tiene una continuidad a lo largo del tiempo y se manifiesta en TODAS LAS EDADES. Piensas, de repente, en las atenciones y cuidados que reciben los niños y las niñas en las escuelas a la hora de cambiarse la ropa o de acompañarlos en el baño. Como parece que, cuando los niños entran en la primaria, esos cuidados ya no son importantes porque ellos ya son AUTÓNOMOS y como olvidamos tan fácilmente los profesionales que se pueden construir vínculos importantísimos a través de ese cuidado.

También viene al pensamiento momentos de hospitales en los cuales ni siquiera se te ha mirado a los ojos o te han tratado como un simple cuerpo u observaciones casuales realizadas en los lugares donde se “cuida” de la ancianidad. Y cómo hemos asumido esto como un hecho sin discusión posible, sin alternativa.

Y es que la cotidianidad del cuidado y lo cotidiano del cuidado es algo que nos une a todos y que, en general, relegamos a lo marginal, a lo rutinario y a lo mecánico. Nos preocupa cómo poner límites, como gestionar conflictos, cómo manejar materiales para enseñar matemáticas, cómo preparar ambientes espectaculares, cómo desarrollar algunas actividades impactantes y nos olvidamos, en lo profesional y en lo personal, de cuidar lo cotidiano, de no abandonar lo esencial.



Porque el cuidado es lo que nos viste a diario, lo que nos limpia, lo que nos alimenta y nutre y lo que nos da la base para nuestra vitalidad para poder plantearnos otros retos y explorar el mundo. Sin el cuidado que mira a los ojos al otro, que lo implica, que lo integra y que lo trata como individuo desde el minuto 0, los seres humanos nos olvidamos de nuestros cuerpos, de nuestras emociones y de nuestra personalidad: nos disolvemos en el contexto y nos transformamos no en lo que somos de verdad, sino en lo que los demás esperan de nosotros porque nadie nos ha ayudado a conocernos como tales, nadie nos ha dicho que tenemos un lugar en el mundo siendo como somos.

Resulta imprescindible recuperar y visibilizar la labor de lugares como Lóczy para darle el valor que se merece al cambio de pañal, al momento de la comida o el baño del bebé y así dignificar no solo el cuidado en esa edad, sino en todas las edades del hombre y de la mujer.
Nos rebanamos los cerebros para entender el mundo del niño en otros contextos (en sus peleas con los iguales, en sus conflictos internos e, incluso, en sus retos mentales) y nos olvidamos que la primera experiencia de conflicto o cooperación se da entre el adulto y el niño en los momentos más íntimos, más frecuentes y más cotidianos. Por tanto, empecemos a darle la importancia que se merece.

© 2017 LA VOZ DEL BEBÉ.

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